Hay momentos en los que no solamente queremos sentirnos mejor. Sentimos que deberíamos sentirnos mejor.
“Ya debería estar bien.”
“Sé que no es para tanto, pero sigo sintiéndome mal.”
“Tengo muchas cosas buenas, no debería sentirme así.”
“Debería disfrutarlo más.”
“Ya pasó suficiente tiempo, tendría que haberlo superado.”
A veces la dificultad no está únicamente en la emoción que estamos experimentando, sino en la idea de que no deberíamos estar experimentándola.
Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a pensar en positivo, agradecer lo que tenemos, buscar el lado bueno de las cosas y elegir nuestra felicidad. Algunas de estas ideas pueden ser útiles. El problema aparece cuando se convierten en una exigencia: cuando sentir tristeza, enojo, ansiedad, frustración o cansancio comienza a parecernos una señal de que algo está mal con nosotros.
No todas las emociones agradables y desagradables tienen que desaparecer
Hay emociones que disfrutamos y otras que preferiríamos no experimentar. Eso no significa que unas sean correctas y las otras no.
Sentir tristeza después de una pérdida tiene sentido. Sentir frustración cuando algo no sale como esperábamos también. Podemos sentir ansiedad ante una situación incierta o enojo cuando consideramos que alguien cruzó un límite.
La emoción no siempre es el problema que tenemos que solucionar. A veces necesitamos escuchar lo que está ocurriendo antes de intentar cambiar cómo nos sentimos.
Esto no significa quedarnos atrapados en una emoción ni pensar que todo lo que sentimos es necesariamente cierto. Significa reconocer que una emoción puede estar presente sin que tengamos que pelear inmediatamente contra ella.
Cuando empezamos a juzgar nuestras propias emociones
Una cosa es pensar:
“Me siento triste y no me gusta sentirme así.”
Y otra muy diferente:
“Me siento triste y no debería sentirme así.”
En la segunda aparece un juicio.
Ya no solamente estamos experimentando tristeza; también estamos evaluando nuestra reacción y diciéndonos que no es adecuada.
Y entonces puede aparecer una segunda capa de malestar. A la tristeza se suma culpa. A la ansiedad se suma frustración por sentir ansiedad. Al cansancio se suma la sensación de que deberíamos estar aprovechando mejor nuestro tiempo.
Es posible terminar sintiéndonos mal no solamente por lo que está ocurriendo, sino también por la manera en que creemos que deberíamos estar reaccionando.
“Tengo muchas razones para estar bien”
Una de las formas más comunes de invalidarnos es utilizar aquello que tenemos para cuestionar lo que sentimos.
“Hay personas que están peor.”
“Tengo trabajo.”
“Tengo familia.”
“Tengo salud.”
“No me falta nada.”
Todo eso puede ser cierto y, al mismo tiempo, podemos estar pasando por un momento difícil.
Tener cosas buenas en nuestra vida no nos vuelve inmunes a las emociones desagradables. La gratitud y el malestar pueden coexistir.
Puedes agradecer lo que tienes y estar cansado.Puedes querer a alguien y estar enojado con esa persona.
Puedes estar satisfecho con una parte de tu vida y sentir incertidumbre respecto a otra.
No necesitamos elegir una sola emoción para que las demás dejen de existir.
La presión por encontrarle algo positivo a todo
También puede ocurrir que intentemos encontrar inmediatamente una enseñanza, una oportunidad o un “lado bueno” en todo lo que nos sucede.
A veces hacerlo puede ayudarnos. Pero no siempre necesitamos encontrarle un significado positivo a una experiencia antes de permitirnos reconocer que fue difícil.Hay situaciones que simplemente duelen.
Y reconocerlo no significa adoptar una actitud pesimista. Significa dejar espacio para una experiencia que también forma parte de la vida.
Aceptar una emoción no significa resignarnos
A veces confundimos aceptar lo que sentimos con conformarnos con una situación.
No es lo mismo.
Aceptar que hoy estoy triste no significa que quiera seguir sintiéndome así indefinidamente.
Aceptar que estoy enojado no significa que tenga que actuar impulsivamente.
Aceptar que algo me preocupa no significa que tenga que dejar que la preocupación tome todas mis decisiones.
La aceptación comienza por reconocer lo que está ocurriendo sin añadir inmediatamente una lucha contra ello.
Después podemos preguntarnos qué necesitamos hacer.
Una herramienta que puede ayudarnos a relacionarnos de otra manera con lo que sentimos es la práctica de kindfulness, que propone acercarnos a nuestra experiencia con mayor amabilidad y menos juicio.
Personalmente, recomiendo el libro Kindfulness, de Padraig O’Morain, especialmente para quienes quieren comenzar a practicar una relación más amable consigo mismos. No se trata de obligarnos a sentirnos bien, sino de aprender a observar lo que nos ocurre con menos crítica y más comprensión.
¿Qué podemos hacer cuando sentimos que deberíamos estar bien?
En lugar de intentar cambiar inmediatamente la emoción, podemos empezar por observarla con un poco más de curiosidad.
Algunas preguntas pueden ayudarnos:
- ¿Qué estoy sintiendo exactamente?
- ¿Qué ocurrió antes de sentirme así?
- ¿Estoy intentando resolver una emoción o una situación?
- ¿Qué me estoy diciendo acerca de lo que siento?
- ¿Estoy pensando que “debería” sentirme diferente?
- ¿Qué necesitaría en este momento?
- ¿Hay algo que pueda hacer para cuidar de mí sin exigirme dejar de sentir lo que siento?
No siempre vamos a encontrar una respuesta inmediata. Y tampoco es necesario.
A veces el primer paso es simplemente dejar de convertir una emoción difícil en otro motivo para criticarnos, no tienes que sentirte bien todo el tiempo.
El bienestar emocional no significa estar tranquilo, feliz o motivado la mayor parte del tiempo.
También implica poder atravesar momentos difíciles sin interpretar automáticamente esas emociones como un fracaso personal.
No se trata de abandonar el deseo de sentirnos mejor. Se trata de no convertir ese deseo en una obligación permanente.
Porque cuando pensamos que tenemos que estar bien todo el tiempo, cualquier momento de tristeza puede hacernos sentir que estamos fallando. Y quizá no estés fallando.
Quizá simplemente estás atravesando algo que merece ser escuchado. Estar bien no significa no sentir emociones difíciles. También significa poder hacerles espacio sin que tengan que definirnos.
Jessica Brizuela Bastien
Psicóloga clínica cognitivo-conductual